PARQUE IROQUOIS, LOUISVILLE, KENTUCKY

De Carmen Flys Junquera

 

Me parapeto tras las ramas de arce. Trepo por los fresnos caídos. Salto con una liana imaginaria, evitando una poza traicionera. ¡Me han disparado! La mancha roja del brazo suelta su pellejo. Lanzo otra baya, pero fallo, cegada por el sol que se refleja en una botella rota. Me escondo tras el caucho quemado. ¡Ahora! ¡Tocado! Esta vez mi baya acertó. Pero me caigo en el charco hediondo, infestado de mosquitos. La guerrilla se repite, noche tras noche: las batallas de la infancia en aquel reducto del bosque. Ese bosquecillo al final de la calle era nuestro paraíso repleto de aventuras épicas. ¡AAAAAAAAAAAAAooAAooAAAAAAoAAoAAAAAAAA! Tarzán se lanza. Los indios acechan en las sombras y el Séptimo de Caballería tarda en llegar. Al atardecer, embarrados, rascándonos los brazos llenos de rozaduras y dolorosos del sarpullido de la hiedra venenosa, los héroes volvíamos a casa, a la realidad, a soportar estoicamente las broncas maternas.

En mis sueños solo queda el goce del juego, las batallas inocentes en nuestro bosque. Pero la mirada adulta recuerda también el olor a hojas muertas encharcadas y las latas oxidadas de un vertedero abandonado que hoy es una reserva natural, el Parque Iroquois, repleto de caminos domesticados; los indios tan solo un reflejo en el nombre, sin aventuras ni héroes.