«NATURALEZA EN LATA: LA PARADOJA HUMANA»

Ensayo ganador del concurso «La voz de la naturaleza», de Inés Condoy Franco, Universidad de Alcalá.

Cuando dejamos morir el bosque, las palabras pierden sentido.

Günter Grass

 

La tierra se muere, ¿y nosotros que hacemos? ¿La envasamos? ¿Si la metemos en una lata? ¿Sirve de algo que yo riegue mi lata, o se morirá igual? Eso un poco el resumen de lo que hacemos, ¿no? Dividimos las cosas, racionamos hasta el aire que respiramos y, ojo, no vayas a superar tu ración, que el sistema caerá, como un código mal escrito. El ser humano es con diferencia la especie más destructiva de todas las que se encuentran sobre la faz de la tierra. Siempre me he preguntado el porqué de usar a los pobres parásitos como insulto mientras el adjetivo humano es un halago. ¿No seremos nosotros acaso los mayores parásitos de este planeta? O que se lo pregunten a la Selva Amazónica.

Queramos admitirlo o no, somos una especie, como poco, contradictoria: arrasamos aquello que se ponga a nuestro paso, sin importarnos que sea otro miembro de nuestra propia especie o el planeta que tanto nos da y del que a la vez no podemos prescindir. La obsesión por enlatarlo todo, absolutamente todo, forma parte de nuestro método de destrucción, lo encapsulamos todo: los recuerdos en cajas o en fotografías (que por mucho que me pese como amante de este arte es otra forma de encerrar la realidad), las flores en macetas, los huertos tienen valla y espantapájaros, los árboles de las ciudades (si los hay) están rodeados del espacio justo para que no crezcan demasiado (no vaya a ser que molesten), y nosotros en nuestra colmena. Sí, has leído bien, ¿o no vivimos empaquetados? Eso sí, hay que reconocer que al menos somos ordenados.

¿Cuántas veces utilizas la expresión “como sardinas en lata”? Apuesto, a que menos de las que podrías hacerlo. Piénsalo solo en un día, en el transporte público, en las calles, en los centros comerciales, nuestra vida es una aglomeración. Nos empeñamos en construir muros a nuestro alrededor, no obstante, queremos ser libres. Queremos escapar de nuestras propias normas, hemos creado los muros y ahora queremos derribarlos. Alguien dijo una vez que el ser humano era la naturaleza que había tomado conciencia de sí misma. Hoy en día, o bien esa conciencia está corrupta o bien se nos ha olvidado que nosotros también somos naturaleza.

Es lo único que deberíamos tener claro, que somos naturaleza de la misma forma que lo son el resto de las especies y de que estamos conectados, dependemos unos de otros. Actuamos como si fuéramos superiores y no merecemos privilegio alguno, tenemos intelecto o conciencia, como prefiera llamarse, pero, ¿realmente la usamos? La “Madre Naturaleza” no recibe ese nombre por azar, sin embargo nos empeñamos en castigarla después de habérnoslo dado todo y lo peor de todo, le robamos la espontaneidad. Lo salvaje es un término que perdió su significado hace tiempo y nosotros hemos sido los verdugos, nosotros quisimos domesticarla.

Un español que se llama Jorge, sí, español, que los españoles a veces también decimos frases buenas, dijo: “si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?” Sí otra pregunta, lo sé, como si hubiera hecho ya pocas en este coloquio de papel. Pero la pregunta sería, ¿qué es eso de lo que no consigo acordarme? Efectivamente, la respuesta es naturaleza. Párate a pensar qué es para ti, quizá no signifique nada. Cambiemos el enfoque y pensemos si la conocemos. Francamente, es bastante improbable, la naturaleza real, la salvaje, está casi extinta, agoniza lentamente en su pequeña parcela, el pequeño espacio que le hemos asignado, no mayor que una lata de conservas. Conocemos la naturaleza verdadera, o lo que creemos que debería ser, a través de la televisión, otra caja y por mucho que intentemos salir de la cuadrícula que delimita nuestras vidas, nos vamos al campo o a la montaña. Quizá sin ser realmente conscientes llegamos a una montaña en la tenemos una ruta perfectamente delimitada o donde casualmente se ha construido una pista de esquí, ¿y no es eso más que otra forma de destruir la naturaleza? ¿Cómo lo frenamos entonces? Quizá eso sea lo peor de todo, que por mucho que nos preocupemos por intentar parar la destrucción sea demasiado tarde. Hemos nacido dentro del sistema y es casi imposible salir de él, o sencillamente, frenar nuestro impacto. En medio de esta reflexión me doy cuenta de que escribo con un ordenador, no dejaré de usar mi teléfono o que en cuanto se me tercie la oportunidad me montaré en un avión, paradójico, ¿no es cierto?

A pesar de todo, después de este delirio y aún sin encontrar la salida de este bucle de destrucción, me pregunto si estas palabras cobrarán sentido algún día, pues el bosque agoniza más rápido de lo que parece y nosotros con él. Yo sigo regando mi lata, quizá así consiga sobrevivir; y sólo espero que la madre de todos si no se salva, al menos nos perdone.