LA CUEVA DE SATURNO

De Héctor Alejandro Matos Martínez

A los doce años, mis padres me llevaron de excursión a la inundada Cueva de Saturno, nombrada en honor al titán romano de la agricultura y el tiempo y ubicada cerca del poblado de Carboneras, en la costa norte de la provincia cubana de Matanzas. Aún recuerdo sus parcialmente sumergidas estalagmitas, mayestáticas como las columnas de un templo atlante; sus piscinas naturales, limpias y claras como los espejos de un benigno taumaturgo; y sus oscuras galerías, en las que nadaban grotescos peces y crustáceos ciegos que parecían sacados de un bestiario de antaño. Mientras exploraba la subterránea estancia, ligeramente aturdido por el eco y los risueños clamores de otros turistas, una pasión cuasi religiosa abrumaba mis sentidos, atrayéndome hacia las profundidades como un canto de sirena. Cada resquicio llamaba mi atención y el fondo de las piscinas me invitaba a sumergirme e investigar sus primigenios secretos.